| EL DESTIERRO
La tierra, solamente, sabe
cuántas canciones quedaron en silencio,
de aquellas que cantaban
los hijos del Sur,
pidiendo por la fecundidad
y por la vida,
o celebrando el sueño,
en los lejanos tiempos
de la patria vieja.
La tierra, solamente, sabe
cuántos pechos derramaron la sangre,
como una cruel y oscura regalía,
que debió entregarse en pago
para los nuevos dueños.
Triste victoria,
que pagaron con su vida
los antiguos habitantes,
que murieron
tan sólo por amar la tierra.
La tierra sabe,
pero la tierra calla.
Debajo de los cerros,
adentro de la arena
y bajo el viento,
diseminó los oficios,
los amores
y los huesos.
Desde allí,
los hijos de las viejas razas,
crecidos en el amparo materno de la tierra,
recibieron el testamento amargo
de una vida sin tierra
y sin amparo.
Entre despojos y saqueos,
les fueron achicando el horizonte,
hacia el crepúsculo de los destierros.
Sobrevino, entonces,
con el silencio cómplice,
la noche de las razas,
la cruz de la miseria,
que ahora cargan en su espalda,
recluidos en márgenes escasos
de su querida tierra;
esperando todavía,
una justicia justa
que no llega;
mientras avanza,
inexorablemente,
un destino salitroso
que disuelve
la razón de su sangre,
la tradición, el credo
y los anhelos.
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