Versos y Canciones
 INMIGRANTES

 

Mientras padecían 
las razas aborígenes
sucesivas conquistas,
los vencedores dejaban,
al marcharse,
la muerte y la amenaza de su sombra,
las heridas,
el desprecio,
la incomprensión del espíritu natal
y el destierro.

Al sur del río Colorado
la tierra abría el horizonte,
dejando a cielo abierto,
no sólo su dolor,
su extensión y sus enigmas,
sino también,
el misterio transparente
de la tierra que espera
un destino más alto
que batallas y penas.

Mientras tanto,
en aldeas lejanas
donde el mundo
ya se consideraba viejo,
y la pobreza
y la angustia
mutilaban el futuro campesino
con la ferocidad del feudo,
el sueño se alimentaba
con la mirada puesta
en el extraño nombre
de alejados mapas
del Sur americano,
que sonaban a fábula y leyenda,
pero también a esperanza.

Era largo el camino
por entonces.
En ese duro tránsito
de mares y de leguas,
partiendo de remotas geografías,
llegaron los inmigrantes.

Algunos de ellos,
portaban solamente
su ambición aventurera,
su ocasión de rápida riqueza.

Pero también
hubo otros hombres,
que trajeron
su bandera frutal,
su vocación labriega,
y una pasión germinadora,
ejercitada en siglos
de humildad y paciencia,
que no había podido quemar
la vieja Europa,
con todos sus tormentos
de guerras y miseria.

El océano
desgarró la historia
de esos hombres
con la proa del barco.
Dejaron atrás los puertos,
muelles estremecidos en el adiós
por lágrimas, pañuelos
y el desconsuelo
de la raíz abandonada.      

Lloraba el desarraigo
todavía en sus noches,
cuando en el Sur,
los inmigrantes campesinos
entregaron su primera ofrenda:
el amor consagrado
desde siglos y siglos,
en el puro santuario
de terrones y melgas.

A través de largos días
buscaron el agua
y abrieron los senderos.
Combatieron contra el frío
y contra el viento,
sabiendo que la única victoria de sus manos
era una flor sobre la tierra.

 

 

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Horacio Peñalva

Foto: Andrés F. Maritano

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