| LAS MANOS
La Tierra del Sur
no sería nombrada,
si el canto no dice
la cotidiana historia jornalera.
Si no habla de los hombres
que levantan con su oficio
el peso de la vida en sus espaldas.
Las manos anónimas
del hombre que despierta
rasgando la noche del carbón
por el Río Turbio,
mientras debe sostener en su pulso
no sólo el gris
y áspero peso de la turba,
sino también la lucha
y la defensa
de la fuente de trabajo amenazada.
Los hombres y mujeres
que fundaron un pueblo,
que es decir la vida,
sobre la ferruginosa piedra
de la Sierra Grande,
cuyo esfuerzo y su futuro
ahora se decretan al olvido.
Los obreros rurales
que aguantan su noche paria
en los galpones de las grandes estancias,
con el recuerdo aún vivo
de aquellos compañeros muertos,
que levantaron su voz en Santa Cruz
contra la injusticia de los latifundios,
en las trágicas jornadas
de los años veinte.
Llegaron del Norte los fusiles
y en charcos de sangre derramada,
consagraron la ambición y el privilegio
de los terratenientes,
dueños de inmensas extensiones,
con dudosos derechos
escriturados al amparo
de la Corona Inglesa,
bajo el gesto silencioso
y complaciente
del poder central en Buenos Aires.
Para nombrar la tierra
hay que hablar de las manos obreras,
arrieras,
mineras, petroleras,
por el día o la noche.
Las manos que modelan
lingotes de aluminio,
junto al manso mar azul
de Puerto Madryn.
Las manos convocadas
con urgencia,
por el sueño
metalúrgico,
electrónico,
en Río Grande
y Ushuaia,
que ahora se sostiene
con salarios inciertos
y futuro precario.
Las manos que extienden
puentes y caminos,
para hacer más fácil
el paso del futuro.
Las manos docentes,
de pura vocación
y pobre pago,
que explican con simpleza
el misterio de números y letras,
aunque no puedan explicarse
el abandono
y la miseria de la escuela.
Las manos que multiplican el pan
o los ladrillos,
que levantan paredes
o perforan la tierra,
para que suban el agua
y el petróleo.
Las manos que esquilan las ovejas
y enfardan los vellones.
Cosechan la fruta de los valles
o juntan el alga por la costa.
Las manos sin tregua,
en el rectángulo gris de la oficina
y en el fragor metálico
de talleres y de fábricas.
Las manos que nacieron en el Sur
y también las que llegaron
de Chile o Catamarca,
de La Rioja o Jujuy,
de Polonia o de Ucrania.
Esta es la historia
de jornal y trabajo,
que crece cada día
con las manos
del hombre innumerable.
Aquél que no le dio su nombre
a ninguna de estas calles,
por más que todo el ritmo de la vida
se apoye en su cansancio diario.
|