| LOS PUEBLOS OLVIDADOS
Las rectas veloces del asfalto
se tienden, casi siempre,
al servicio de las grandes ciudades.
Mientras tanto,
los pueblos pequeños,
se van quedando a solas
en la letra diminuta de los mapas.
Resisten,
con la sencillez de su coraje,
con el rostro anónimo y humilde,
curtido en tantos años
de soledad y de paciencia.
Están allí,
por todo el Sur.
Sabiendo que el progreso los demora
y el futuro
los posterga y los olvida.
En la travesía,
ilumina su plena humanidad
mucho más que sus pequeñas luces,
encendiendo el abrigo y el amparo
en la distancia.
Están allí.
Uno los mira al pasar,
y parece
que ellos han estado
desde siempre.
Sólo quien ha sentido alguna vez,
en el cansancio
de los pasos vencidos,
crujir la soledad
entre los huesos,
golpear sobre su pecho
la ronda glacial del desamparo,
en el día o la noche
del áspero sendero,
llevará en su memoria para siempre
el nombre de esos pueblos.
El corazón generoso,
los ademanes lentos
y las manos tendidas
dispuestas al albergue
y al auxilio,
en los duros caminos que atraviesan
la meseta intermedia.
Los hijos se les van
apenas crecen,
hacia las grandes ciudades,
en busca del porvenir,
la escuela y los oficios.
Abandonados en las cartas breves,
ellos esperan
guardando sus espacios vacíos.
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